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Mi vida
ENSAYO A MI GENERACIÓN

Somos una generación de perdedores. Nos movemos a ritmo de iPods, nos divertimos con PlayStations y GameBoys, las noticias las leemos en internet y las historias de la guerra nos la cuentan los blogs. Nos descargamos series y películas, y ya ni siquiera encendemos el televisor. La radio ha muerto, porque así lo decidió Steve Jobs. Nuestro fuel es el RedBull y nuestra vía de escape el alcohol y los fines de semana. Bebemos y no sabemos por qué, pero por lo menos, nos da una excusa para salir a la calle e interactuar en el mundo real. Nuestro idioma es el inglés, pero no por ello somos capaces de hablarlo. La Coca-Cola se ha vuelto nuestra agua y nuestra agua la hemos metido en botellas azules y la vendemos más cara que la propia Coca-Cola. Youtube es el pan nuestro de cada día y sin él no tendríamos de qué hablar. Google es nuestro nuevo Diós, mientras Twitter y Facebook son nuestros confesionarios. Mi generación no escribe libros, somos yonkies del instante, por lo que escribimos blogs y nos masturbamos con cada nueva visita.
Mi generación no usa paraguas, y odia los días grises. Usa ropas de colores y añora los 70, una época que nunca llegó a vivir. Es una generación muy nostálgica que ama el pasado por lo que captura todos y cada uno de los fotogramas de su vida, ya sea en el móvil, en la cámara de fotos o en el iPod. Pero a su vez, mi gente está enganchada a lo último. “NUEVO” es una etiqueta que nos pone la piel de gallina y marca nuestros objetivos: Trabajamos para conseguir una casa nueva, estudiamos para conseguir un coche nuevo, nos portamos bien para que los Reyes nos traigan la nueva consola. Esta dualidad entre lo nuevo y lo antiguo ha creado una nueva etiqueta llamada lo RETRO. Tras este nombre se esconde algo nuevo disfrazado de viejo, como las gafas RayBan que nos enmascaran día a día, los gorritos de H&M o las zapatillas que Will Smith desgastó en los 90 rodando el príncipe de Bel Air. Y lo bueno de lo retro es que aunque esté accesible para todo el mundo, no todo el mundo lo lleva.
Lo bonito de mi generación es que las tribus urbanas ya no las crean la clase social de cada uno. Curiosamente las tribus están distribuidas alrededor de la música: Los heavys, los bacaladeros, los neohippies, los raperos, los punkis… Y cada grupo lleva asociado un tipo de comportamiento. Los heavys se camuflan en la noche con sus prendas; mientras los bacaladeros parecen los neones de cualquier callejon de Shibuya; los neohippis por su parte, olvidan a los hippies de verdad y se quedan sólo con la suciedad y las ropas de la época; los raperos y los punkis… simplemente protestan por todo y se intentan diferenciar hasta en la talla de los pantalones. Lo realmente intrigante, es que mientras la mayoría de estas tribus se declaran anti sistema, sus acciones no hacen más que legitimarlo, dando excusas a los legisladores para decidir que existe la libertad de expresión.
El culto al cuerpo se ha convertido más en una obligación que en un hobby. Gastamos la mitad del sueldo en productos light, diet, slim, adelgazantes… Los más vagos toman la vía fácil, pasando por cirugía. Ponemos nuestra vida en juego para tener la nariz de Nicole Kidman, los labios de Angelina Jolie o el culo de Brad Pitt, mientras no somos capaces de mencionar ni una sola pieza de Wagner o de reconocer un cuadro de Rembrandt. Nos negamos a admitir que estamos atrapados en estos cuerpos, lo que nos asfixia y nos agobia, y no nos permite ver más allá.
Como dice Tyler Durden en el Club de la Lucha, nuestros padres no lucharon en ninguna gran guerra. Somos los hijos de una generación de gente criada por sus madres, una generación que descubrió que le sobraba el tiempo libre y que pensaba que el dinero llovía del cielo. Y debido a esto, mi generación, parece que tiene la obligación de limpiar la mierda que nuestros padres dejaron. Pero como todas las generaciones anteriores, estamos siendo educados por el contradictorio mensaje de “Haz lo que te digo” pero “No hagas lo que yo hago”. Y parece que está siendo también nuestra obligación cambiar este mensaje. Desde pequeños nos educan para que seamos honestos, amables, generosos, despreciemos la avaricia y a los chivatos… Pero cuando miras a la generación que te ha educado, descubres que está siendo gobernada por gente que evita toda esa ética.
El adulterio y los pecados de nuestra generación, se cometen en internet. Vivimos un dilema permanente, en el que compartir es nuestro lema, pero también la pesadilla de aquellos a los que adoramos. El problema es que todo está montado por esa generación de niños consentidos, que hacían todo lo que querían, y que mientras el viento soplara de popa, todo iba bien. Pero ahora las cosas se han torcido y ha llegado el momento de decir ¡FUCK YOU!
Nuestros padres no pasaran una gran crisis, por lo que tienen la misma experiencia con la de ahora que mi generación. Pero se piensan que la vejez, por si sola les da sabiduría, sumado al espíritu de culpabilidad, quieren arreglar el problema de la noche a la mañana. Pero su forma de arreglarlo es volviendo al pasado, al mismo modelo que nos trajo hasta aquí. Lo que no se dan cuenta es de que, salvo algunas excepciones, han sido una generación que ha vivido de las rentas de sus padres. Y cuando esos pozos se han secado se han dado el ostión. Pero es que incluso después del golpe, todavía no se han dado cuenta de la jugada, y debido a que se las han ingeniado para blindar sus posiciones, disponen de todas las armas para no escuchar a mi generación, rebosante de ideas frescas recién salidas del horno. Ideas prácticamente libres de prejuicios, innovadoras, revolucionarias...
No, mi generación no ha tenido la oportunidad de demostrar lo que vale. Hasta ahora los viejos han sabido apartarse y dar paso a los jóvenes, de forma que estos agradecían mucho la labor de los primeros y los honoraban por ello. Ahora ya no. Hoy en día, nuestros padres se aferran a trozos de madera para mantenerse a flote, cuando el barco ya hace tiempo que se ha hundido, como Kate Winslet en Titanic, mientras nosotros nos ahogamos lentamente en aguas congeladas, como Leonardo DiCaprio. Pero el problema es que no hemos llegado a respirar todavía, por lo que estamos desarrollando branquias para sobrevivir en ese inframundo, y sólo estamos esperando una señal para salir a tierra firme.
Nuestros líderes son carismáticos, y a diferencia de los pseudolíderes de hoy en día, luchan día a día esforzándose por superarse. Nuestros líderes trabajan desinteresadamente y muchas veces desde el anonimato. No valoran el dinero, ni los contactos, ni el poder; si no la satisfacción del trabajo bien hecho y la felicidad que les reporta el hecho de vivir en un mundo más justo.
Porque nuestros padres no inventaron el estado del bienestar, inventaron el estado de su-bienestar. Se aseguraron de que vivieran bien y murieran mejor. Y gracias al nuevo sistema financiero pudieron tomar todo el dinero del futuro que necesitaron. Pero claro, hicieron caso omiso a los pocos disidentes que les decían que el dinero del futuro no era gratis y que alguien lo tendría que pagar.
Esa misma generación se encargo de que todos nosotros recibiéramos una buena educación. El problema: Las clases las impartían ellos mismos, cortando con el pasado e impartiendo los valores que más les interesaba. Y es que todos los días lo vemos, el poder corrompe. ¿Y quién tiene más poder que un maestro que se enfrenta a 100 mentes vírgenes cada año y que puede insertar en ellas todo lo que le venga en gana? Desposeídos de cualquier tipo de defensa, memorizamos premisas que nos dicen nos harán más fuertes en un futuro.

LA ESCUELA

En las escuelas hoy en día se crean clones. Todo lo que te piden es que pases por el aro. Y año tras año van subiendo el aro de altura, por lo que algunos se van quedando atrás. Pero la mayoría van pasando, no siempre a la primera o tampoco a la segunda, pero quizás lo consigan a la tercera. Algunos buscan aros más grandes mientras otros se atreven con los más pequeños. Pero al fin y al cabo todo consiste en lo mismo, en crear vagones de tren, que vayan unidos, uno detrás de otro a la locomotora, para poder continuar hacia adelante. Esta metáfora puede ir acompañada de una locomotora a vapor que va echando un humo libre de CO2 por la chimenea, en un paisaje bucólico, entre montañas con cimas nevadas y praderas que se pierden en el horizonte. Entonces, ¿Dónde está el problema? La escuela está matando la imaginación, el libre pensamiento y la iniciativa individual. El hecho de que nuestro camino esté prefijado, como si se tratara de seguir las vías es lo peor que le puede ocurrir a cualquier generación. ¿Cuántos ejemplos conocemos de gente exitosa que no fueron capaces de terminar sus estudios universitarios? Son demasiados. Gente de gran valía a la que el sistema le dio una patada por no querer atenerse a sus requisitos.
El sistema actual favorece al estudiante medio(cre) y perjudica seriamente a las mentes más inquietas y trabajadoras. Aunque sea verdad que en algunos casos el trabajo fuera de lo estrictamente requerido se premie, en general no se valora adecuadamente nada que quede fuera de los aspectos a evaluar. Por lo tanto, los genios son incomprendidos, lo que les lleva a la frustración y terminan perdiéndose por el camino desaprovechando su genialidad.
El sistema actual te evalúa y te pone una nota del uno al diez. Es absurdo. Intenta evaluar del uno al diez el filete que te has comido hoy, o tu nivel de felicidad, o quizás la intensidad del dolor de estómago que no te ha dejado dormir. No es fácil, ni siquiera es difícil, es imposible. Y su imposibilidad radica en que es arduo aislar el sabor de aquella caña, sin tener en cuenta que tus amigos estaban ahí. O aislar la utilidad de un kleenex, cuando estás a punto de hacer la entrevista de trabajo de tu vida, y realmente lo necesitas. De hecho, intenta imaginar la mejor hamburguesa que puedas imaginar, con bacon, con la cebolla en su punto, con lechuga y tomate recién extraídos de la huerta, con ese queso fundido que se derrite en tu boca… Y quizás sea la mejor hamburguesa que hayas comido nunca, merecedora de un 10. Pero, ¿realmente es insuperable? Lo dudo. Volviendo a mi punto de partida, calificar el conocimiento de una persona con un solo número del 1 al 10 me parece un engaño.
Entonces, ¿Dónde está el verdadero problema? El problema radica en que no se premia al trabajador debidamente. El sistema actualmente te pone un listón. Y si el listón está a 2 metros de altura y tú saltas 5, al examinador le dará igual, simplemente verá que has superado el máximo que pedía.

Nunca ha sido tan fácil y tan difícil conseguir la inmortalidad como ahora. De la noche a la mañan

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