Más de una persona podria pasar por allí sin mirar. Pero no era el caso, la casa tenia algo. Ellos esperaban que no se note, por su bien y por el de todos. Era mágica.
Desde los techos hasta el piso de ladrillo que la rodeaba, estaba cubierta por un polvo rojizo, en medio de un barrio donde no vuela polvo rojizo.
Tenia dos árboles al frente y platanos en el fondo. Entre la puerta de entrada y la primer ventana, habia algo que podria llamarse una amaca. Las tejas, con musgo de antaño, se caian cuando el viento soplaba más fuerte de lo normal. Sus habitantes, cansados de los curiosos que intentaban mirar por entre las rejas, plantaron cañas en el porton que daba a la calle Fleming, conocida por sus varedas rotas y los problématicos baches rellenos de escombros que pinchaban las ruedas de no pocos autos. Las cañas no tuvieron un resultado muy satisfactorio a largo plazo, sirvieron las primeras dos semanas para luego morir por el continuo pis de los perros que se colaba entre sus raices.
Los habitantes pensaron otras formas de ocultarse. Pintaron la casa de tal forma que quedase invisible y camuflada entre el covento de las hermanas de la misericordia y la casa de los ruidosos Windsors. Imitando las fachadas dibujaron sus paredes y lograron que pareciera un terreno valdío. Pero ya era tarde, la casa era demasiado conocida en el barrio y esta poco feliz idea solo causo más comentarios sobre la vivienda y sus exentricos habitantes.
Los habitantes salian a la mañana, muy temprano, religiosamente, y volvian al mediodía. Llevaban cada día bolsas de alpillera teñidas de borgoña que colocaban en el pequeño jardín del fondo cuando regresaban. A veces las bolsas estaban llenas a tope, otras no tanto y otras menos veces vacías, tan livianas que se la colocaban debajo del brazo mientras se perdían entre los platanos que ocupaban todo el lugar donde comunmente se estacionaría un auto.
La única mujer que había entrado a la casa no era del barrio. Fue hace unos meses y venia de lejos, de un país con nombre raro.Su nombre era ahun más raro según dijo el afilador de chullilos que logro entender solo aquel detalle de la breve e incomoda conversación que tuvo con la extraña mujer. A juzgar por su ropa, era una persona muy segura y traia una balija bastante vieja que arrastraba por la vereda haciendo el ruido de una motosierra que esta a punto de romperse. Tenia el pelo color cobre y unas manos tan finas y largas que le vendrian bien a un piano. No era extremadamente bella pero tenia lo que se necesita tener para que la gente se tildase en su presencia.
Desde los techos hasta el piso de ladrillo que la rodeaba, estaba cubierta por un polvo rojizo, en medio de un barrio donde no vuela polvo rojizo.
Tenia dos árboles al frente y platanos en el fondo. Entre la puerta de entrada y la primer ventana, habia algo que podria llamarse una amaca. Las tejas, con musgo de antaño, se caian cuando el viento soplaba más fuerte de lo normal. Sus habitantes, cansados de los curiosos que intentaban mirar por entre las rejas, plantaron cañas en el porton que daba a la calle Fleming, conocida por sus varedas rotas y los problématicos baches rellenos de escombros que pinchaban las ruedas de no pocos autos. Las cañas no tuvieron un resultado muy satisfactorio a largo plazo, sirvieron las primeras dos semanas para luego morir por el continuo pis de los perros que se colaba entre sus raices.
Los habitantes pensaron otras formas de ocultarse. Pintaron la casa de tal forma que quedase invisible y camuflada entre el covento de las hermanas de la misericordia y la casa de los ruidosos Windsors. Imitando las fachadas dibujaron sus paredes y lograron que pareciera un terreno valdío. Pero ya era tarde, la casa era demasiado conocida en el barrio y esta poco feliz idea solo causo más comentarios sobre la vivienda y sus exentricos habitantes.
Los habitantes salian a la mañana, muy temprano, religiosamente, y volvian al mediodía. Llevaban cada día bolsas de alpillera teñidas de borgoña que colocaban en el pequeño jardín del fondo cuando regresaban. A veces las bolsas estaban llenas a tope, otras no tanto y otras menos veces vacías, tan livianas que se la colocaban debajo del brazo mientras se perdían entre los platanos que ocupaban todo el lugar donde comunmente se estacionaría un auto.
La única mujer que había entrado a la casa no era del barrio. Fue hace unos meses y venia de lejos, de un país con nombre raro.Su nombre era ahun más raro según dijo el afilador de chullilos que logro entender solo aquel detalle de la breve e incomoda conversación que tuvo con la extraña mujer. A juzgar por su ropa, era una persona muy segura y traia una balija bastante vieja que arrastraba por la vereda haciendo el ruido de una motosierra que esta a punto de romperse. Tenia el pelo color cobre y unas manos tan finas y largas que le vendrian bien a un piano. No era extremadamente bella pero tenia lo que se necesita tener para que la gente se tildase en su presencia.